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LA CÁTEDRA DE CONSTITUCIÓN DEL PADRE VARELA
En enero de 1821 el padre Félix Varela dejó de enseñar filosofía y
se hizo cargo de la nueva Cátedra de Constitución en el Colegio-Seminario de
San Carlos, en la ciudad de La Habana. Este aspecto del magisterio del padre
Varela es poco conocido. Sin embargo, su contribución al desarrollo del
derecho constitucional y su defensa de los derechos humanos frente al
despotismo regio y la tiranía estatal tuvo una gran repercusión en la
conciencia de la naciente nación cubana. En verdad, aquella Cátedra de
Constitución fue donde el padre Varela proclamó por primera vez en Cuba el
carácter inalienable y sagrado de los derechos humanos. Allí fue donde
defendió con claridad y valentía el derecho de los pueblos a tener su libertad
y a elegir sus propios gobernantes. Allí fue en fin donde sembró las ideas
políticas que más tarde habrían de conducir inevitablemente a la lucha por la
independencia de Cuba. La Cátedra de Constitución fue creada por el ilustre obispo Juan Francisco de Espada y Landa poco después de haber sido restablecida en 1820 la constitución de la monarquía española. La idea de fundar una cátedra de constitución en el Colegio Seminario de San Carlos fue presentada al obispo de La Habana por la Sociedad Patriótica con el fin de que en ella se explicase a los alumnos el texto constitucional y se les instruyera en las teorías político-sociales sobre el gobierno de los pueblos. El obispo Espada y Landa acogió la idea con entusiasmo y la llevó a cabo con presteza. El memorándum que le presentó el presidente de la Sociedad Patriótica tenía fecha de 14 de septiembre de 1820. Antes de cumplirse un mes, el 3 de octubre, el ilustre prelado firmó el decreto creando la Cátedra de Constitución y Política en el Colegio-Seminario de San Carlos en la ciudad de La Habana.
El reglamento de la Cátedra de Constitución y Política fue redactado por el
mismo obispo Espada y Landa. En el reglamento de la misma se establecía que el
profesor debía ser escogido mediante un concurso de oposición a la cátedra, que
estaría dotada con una pensión anual de mil pesos donados por la Sociedad
Patriótica de La Habana. El profesor debía explicar la Constitución en dos
cursos, siguiendo el orden de los artículos. La matrícula estaría abierta a
todos los alumnos del Colegio-Seminario que quisieran tomar las clases de
derecho constitucional y político. También se admitirían oyentes a las clases.
A los alumnos regulares que aprobaran los exámenes de rigor se les entregaría el
correspondiente diploma al final del segundo curso. Además se establecían dos
premios, donados por el señor obispo y por la Sociedad Patriótica, como estímulo
para la juventud interesada en las cuestiones políticas y sociales.
No se sabe a ciencia cierta si el padre Varela decidió participar en el concurso
de oposición a la Cátedra de Constitución por iniciativa propia, o mas bien
accediendo a las instancias del obispo Espada y Landa, que era su mentor y
protector. De todos modos, el joven sacerdote debió contar con la anuencia de
su prelado para dejar la Cátedra de Filosofía, en la cual tanto se había
distinguido, y enseñar en cambio derecho constitucional y político.
Aunque el padre Varela no era abogado ni perito en leyes canónicas o civiles,
estaba dotado de una amplia erudición y tenía admirable capacidad para el
trabajo intelectual y la enseñanza. Gracias a su gran talento y su gran amor al
estudio, él podía digerir en pocos meses lo que a otros tomaría varios años.
Además, hay que tener en cuenta que en la Cátedra de Constitución debía
explicarse sobre todo la filosofía del derecho constitucional, a fin de educar a
los jóvenes en el espíritu de libertad y justicia social de la nueva época.
El propósito de la nueva Cátedra de Constitución no era hacer abogados, de los
cuales había abundancia en La Habana, sino formar ciudadanos amantes de la
Constitución y de los principios de justicia, libertad y progreso. Para
realizar esa misión educativa el padre Varela reunía condiciones excepcionales.
Sin embargo, para triunfar en el concurso a la Cátedra de Constitución no
bastaban su erudición y prestigio. Tenía que prepararse con ahínco y esmero
porque la competencia sería muy difícil. Los tres meses que mediaron entre la
convocatoria y las oposiciones los pasó Varela estudiando la Constitución,
investigando sus fuentes, estableciendo su relación el derecho natural, con la
historia y con la doctrina social de los Padres de la Iglesia. Concentrada su
mente en el estudio del derecho constitucional y político cada día pasaba largas
horas en su modesta sala de estudio analizando los artículos de la Constitución,
tomando notas, reflexionando sobre las diversas doctrinas y teorías sociales y
perfilando sus propias ideas. Al mismo tiempo iba esbozando sus propios
comentarios a la Constitución de la Monarquía Española. Sobre su mesa de estudio
estaban la Novísima Recopilación de los Códigos Españoles editada por orden de
Carlos IV, las obras de Suárez y de Lugo, las de Vitoria y de Mariana, así como
las de Aristóteles y Platón, las de los ingleses Thomas Hobbes y Thomas More, y
la de los franceses Juan Jacobo Rousseau, Benjamin Constant y el Conde de
Montesquieu.
En los ejercicios de oposición a la Cátedra, que se celebraron con todo rigor
académico, participaron los talentosos abogados de La Habana José Antonio Saco,
Nicolás Manuel de Escobedo y Prudencio de Hechevarría. Los tres letrados, que
habían sido alumnos del padre Varela en su Cátedra de Filosofía, ahora competían
con el maestro en el campo del derecho constitucional y político, que les era
familiar. La competencia fue reñida, pero el padre Varela ganó el concurso en
buena lid, demostrando un dominio completo del derecho constitucional y dando
una vez mas prueba de brillante inteligencia y de su genio didáctico. El padre
Varela fue nombrado para ocupar en propiedad el cargo de profesor de la Cátedra
de Constitución y Política. Como catedrático sustituto, que debía suplir al
padre Varela “en caso de impedimento”, el tribunal designó al Sr. Nicolás Manuel
de Escobedo.
El día 7 de enero de 1821 tuvo lugar la solemne apertura de la Cátedra de
Constitución y Política, en la cual se matricularon 193 alumnos. La ceremonia
de apertura tuvo lugar en el Aula Magna del Colegio-Seminario de San Carlos,
compartiendo la presidencia del acto el obispo Espada y Landa, el presidente de
la Sociedad Patriótica y otras distinguidas personalidades eclesiásticas y
civiles. La ceremonia de apertura fue anunciada en el Diario Constitucional de
La Habana con una invitación al público habanero a hacer acto de presencia en
tan memorable ocasión. Según la reseña del acto publicada en varios periódicos
habaneros, el Aula Magna se vio materialmente colmada de gente, y hasta por las
ventanas que daban a la calle se asomaban muchas personas ansiosas de oír las
palabras del ilustre sacerdote que había de pronunciar el discurso de
inauguración.
Al día siguiente el Diario Constitucional publicó el discurso inaugural
del padre Varela[1].
Sus palabras fueron breves, pero llenas de inspiración y de luz. Fue un
discurso magistral. El ilustre sacerdote habló con emoción de la Constitución de
la Monarquía Española y se congratuló con el público presente “por aquella época
venturosa” que había comenzado con el restablecimiento del sistema
constitucional en España. Para los habitantes de la Isla era un motivo de
regocijo, especialmente porque en virtud de la Constitución las provincias de
ultramar tendrían los mismos derechos que las de la península española. Además,
en los artículos de la Constitución se reconocían y garantizaban los derechos
inalienables del hombre y se eliminaba el despotismo y la discriminación en las
relaciones de gobierno entre la metrópolis y sus provincias ultramarinas.
En su discurso de apertura el padre Varela anunció que se proponía escribir un
libro de texto para facilitar a sus alumnos el estudio de las materias que se
proponía explicarles durante el curso escolar. El programa que anunció
comprendía temas tan fundamentales como la soberanía, la libertad, la igualdad,
la autoridad, la naturaleza del gobierno representativo, la división y el
equilibrio del poder, los diversos sistemas de elecciones, la diferencia entre
el poder de la fuerza y el poder de la ley y la razón, y otros temas semejantes.
Sus lecciones no serían un comentario legalista de los artículos de la
Constitución, sino una exposición razonada de las doctrinas y teorías en que se
fundan, dándole por consiguiente un marcado énfasis filosófico y político a su
Cátedra. En ella palpitaría el espíritu de libertad de la nueva época. “Yo
llamaría esta Cátedra, decía el padre Varela en su discurso, la Cátedra de la
libertad, de los derechos del hombre, de las garantías nacionales, de la
regeneración de la ilustre España, la fuente de las virtudes cívicas, la base
del gran edificio de nuestra felicidad...”[2].
La publicación del libro de texto sobre derecho constitucional, prometido por el
padre Varela a sus discípulos no se hizo esperar. No habían pasado seis meses
cuando ya salía de la imprenta su libro titulado Observaciones sobre la
Constitución Política de la Monarquía Española[3].
En aquel libro de 145 paginas se contiene el compendio de las lecciones
ofrecidas por el insigne sacerdote cubano durante el primer curso de la Cátedra
de Constitución. Al publicar aquella obra no sólo hacía el padre Varela un
precioso regalo a sus discípulos, sino que también estaba legando a la
posteridad un tesoro de ideas políticas y sociales auténticamente democráticas
que iban a formar parte del legado cultural de la nación cubana. A pesar de la
premura con que fueron escritas las Observaciones sobre la Constitución
Política de la Monarquía Española, sobre la marcha del curso escolar, no
parece la obra de un maestro bisoño en el enmarañado campo de las cuestiones
sociales y políticas, sino mas bien el fruto sazonado de un experimentado
profesor de derecho constitucional. Sus páginas están llenas de sabiduría sobre
la naturaleza del hombre y los problemas políticos y sociales. A veces en una
breve frase o sentencia se encierra todo un caudal de doctrina. Son como
apotegmas llenos de luz, que parecen haber sido escritos especialmente para
grabar en la mente de sus alumnos las doctrinas expuestas en su Cátedra con mas
amplitud y acopio de argumentos.
Gracias a este libro podemos conocer exactamente cuál fue el pensamiento
político y social del padre Varela en aquellos momentos históricos, a raíz del
restablecimiento de la Constitución de la Monarquía Española, cuando la
población de la Perla de las Antillas vibró al unísono con los sentimientos del
pueblo español. En efecto, el restablecimiento del sistema constitucional causó
grandes manifestaciones de regocijo popular en Cuba, con la participación de
todas las clases sociales, desde la aristocracia peninsular y criolla hasta los
comerciantes y los agricultores, los soldados y el clero, las amas de casa y
hasta los negros esclavos[4].
Nunca antes se había experimentado en la Isla un ambiente semejante de concordia
ciudadana, alegría popular, fervor patriótico y actividad política y literaria.
La libertad de prensa fue absoluta y en pocas semanas aparecieron en La Habana
no menos de 11 periódicos noticiosos, satíricos y literarios, como El Diario
Constitucional, El Conservador, El Esquife, El Observador
Habanero, El Indicador, El Botiquín, El Mosquito y
otros. Además, comenzó circular un sinnúmero de panfletos, manifiestos y hojas
volantes. Individuos y corporaciones empezaron a reclamar y ejercer sus
derechos y atribuciones. Las Juntas Provinciales y los Ayuntamientos
Constitucionales fueron restablecidos, siendo restablecidos en sus cargos los
Consejeros y Alcaldes que habían sido depuestos en 1814 al ser abolido el
sistema constitucional en España. Por otra parte, la Real Hacienda perdió su
carácter regio y fue llamada Hacienda Pública, y la Real Lotería empezó a
funcionar como la Lotería Constitucional. Al mismo tiempo fueron organizadas la
Milicias Constitucionales con 24 compañías de infantería y una de caballería.
Parecía como si los habitantes de la Isla hubieran despertado de un profundo
letargo y estuviera gozando una nueva vida llena de ilusiones y esperanzas.
Este era el ambiente que reinaba en Cuba cuando el padre Varela comenzó a dar
clases de derecho constitucional en su nueva Cátedra en el Colegio Seminario de
San Carlos.
El pensamiento político y social del padre Varela estaba a tono con el espíritu
de la nueva época constitucional. No era un pensamiento revolucionario, pero sí
liberal, renovador y democrático. Él defendía la libertad, la justicia social y
el progreso de los pueblos como bases para una sociedad equilibrada y feliz. De
esa manera, desde su Cátedra de Constitución el insigne sacerdote cubano, sin
apartarse un ápice de la ortodoxia católica, se colocaba a la vanguardia de la
doctrina social de la Iglesia a principios del siglo XIX. Gran parte de sus
doctrinas políticas y sociales, que entonces parecían tener un carácter liberal
y temerario, fueron incorporadas a fines del siglo pasado en las encíclicas
sociales de León XIII y mas tarde en la doctrina social de la iglesia proclamada
por los grandes Papas de la época contemporánea desde Pío XI hasta Juan Pablo
II.
El padre Varela construyó sólidamente su pensamiento social y político sobre la
doctrina de la libertad y dignidad sagrada del hombre, como hijo de Dios.
Podría decirse que el humanismo cristiano fue la filosofía política y social que
enseñada por él en la Cátedra de Constitución. El principio de esa filosofía
política y social es que todos los hombres son criados por Dios como seres
libres y dotados de ciertos derechos naturales e imprescriptibles, derivados de
la misma naturaleza humana. Entre esos derechos fundamentales, recibidos de
Dios y no de la sociedad o del Estado, se encuentran el derecho a la vida, la
libertad de pensamiento, la integridad física y moral de los ciudadanos, la
inviolabilidad del domicilio, el derecho de “habeas corpus”, el derecho de
defensa ante tribunales competentes e imparciales, el derecho de propiedad y
otros semejantes. Esos derechos que da la misma naturaleza del hombre son
sagrados e inalienables. Según Varela, quien viola esos derechos ofende la
dignidad humana y ofende a Dios[5].
Precisamente, porque el hombre nace libre, la autoridad pública debe ser
constituida mediante la elección o el libre consentimiento de la mayoría de los
ciudadanos. Cualquier otro título que pretenda suplantar el derecho de elección
directa o indirecta de los gobernantes debe considerarse ilegítimo e injusto
según el padre Varela. En su Cátedra de Constitución enseñó explícitamente que
nadie tiene derecho irrevocable a gobernar a título de herencia o de conquista.
También rechazó las doctrinas que él llamaba “celestiales", según las cuales los
reyes ejercen por derecho divino el poder absoluto, con carácter irrevocable,
como si lo hubieran recibido directamente de Dios. Él reconocía que, de acuerdo
con la Biblia y la tradición de la iglesia, es cierto que de Dios proviene todo
poder; pero advertía sabiamente que para que el poder y la autoridad sean
legítimos debe ser trasmitida de acuerdo con la naturaleza y dignidad del
hombre, que es libre, inteligente y sociable por voluntad divina. “Jamás se
diga, escribía el padre Varela, que un Dios justo y piadoso ha querido privar a
los hombres e los derechos Él mismo les dio por naturaleza, y que erigiendo un
tirano los ha hecho esclavos. El lenguaje de la adulación será distinto, pero
este es el de la verdadera religión”[6].
También defendió el padre Varela el derecho de cada pueblo a escoger su propio
sistema de gobierno de acuerdo con su carácter, cultura e intereses. Sin
indicar preferencia personal por un sistema de gobierno, declaraba que tanto la
monarquía como la república podían ser legítimas y beneficiosas con tal de que
tuvieran el consentimiento de los ciudadanos y sirvieran los intereses de la
nación, no los intereses de individuos o grupos particulares. De acuerdo con su
doctrina, los gobiernos, cualquiera que sea su naturaleza, ejercen funciones de
soberanía; pero no son dueños de ella, porque la soberanía surge de la voluntad
popular. En realidad, los gobernantes no son mas que meros ejecutores de la
voluntad de los ciudadanos. “La persona del Rey, escribió el padre Varela,
depende enteramente de la elección, y no se dirá que se falta a lo que Dios
manda porque reina con tales o cuales facultades, o que reine otro, o porque el
pueblo, como en algunas naciones, esté constituido en República y no en
Monarquía”[7].
Amante fervoroso de la justicia y de la libertad de los pueblos, el padre Varela
condenaba sin ambages el despotismo y la tiranía política en todas sus formas.
En forma equilibrada y justa, sin apasionamiento de ninguna clase, condenaba por
igual el despotismo monárquico y la tiranía jacobina de los gobiernos que en
nombre de la revolución popular violan los derechos humanos. Él no aceptaba la
distinción entre tiranías buenas y malas, porque en su opinión todas eran
perversas e ilegítimas. Teniendo en mente las lecciones de la historia,
incluyendo la experiencia de la Revolución Francesa, el profesor de la Cátedra
de Constitución prevenía sagazmente a sus discípulos sobre las formas
encubiertas de tiranía y despotismo. “Los pueblos, escribía el padre Varela,
pierden su libertad o por la opresión de un tirano, o por la malicia y ambición
de algunos individuos que se valen del mismo pueblo para esclavizarlo, al paso
que le proclaman su soberanía. El primer medio es bien conocido, y aun los mas
ignorantes reclaman contra las injusticias de un tirano: el segundo es menos
perceptible y suele escaparse aun a los políticos mas versados”[8].
Con el fin de impedir la formación de tiranías políticas y como medio de
garantizar el funcionamiento democrático y efectivo de los gobiernos el padre
Varela proponía la división de poderes, siguiendo el esquema de Montesquieu, en
poder legislativo, judicial y ejecutivo. De esta manera se evita la
concentración del poder público en una persona o en un reducido grupo de
individuos, y se establece un equilibrado balance en el ejercicio de la
autoridad. A cada rama del poder público le corresponde ejercer en nombre del
pueblo una función específica de soberanía. Al Congreso, formado por los
representantes de la nación, incumbe la promulgación de las leyes. Al poder
ejecutivo del gobierno toca ejecutar las leyes, poniendo en práctica las medidas
necesarias para promover el progreso y la felicidad de los ciudadanos.
Finalmente, al poder judicial corresponde la administración de la justicia
pública, decidiendo los derechos de las partes en litigio e imponiendo sanciones
de acuerdo con las leyes y las normas de equidad y justicia.[9]
En opinión del padre Varela la Constitución de la Monarquía Española no era una
obra perfecta ni un mito sagrado que no se pudiera reformar y mejorar si el bien
de la nación hacía lo que requería, siguiendo los procedimientos legales
establecidos por la misma ley constitucional. Sin embargo, en líneas generales
lo consideraba un Código justo y humano y “lo mejor que podía haberse esperado
de España en las calamitosas circunstancias en que fue promulgado”[10] Desde la Cátedra de Constitución el padre Varela se abstuvo de defender ciertas cuestiones candentes, como la abolición de la esclavitud y el derecho de las naciones americanas a romper las cadenas coloniales y lograr la independencia política de la Metrópolis. Esos eran temas vitandos, que no se podían tratar en público y menos defender sin provocar las insidias, calumnias y persecuciones de los poderosos enemigos de la libertad. Había que proceder cautelosamente, paso a paso, sin hacerle violencia al curso de la historia. En vez de agitar consignas y programas específicos, que hubieran sido prematuros y contraproducentes, él se dedicó con devoción a la tarea de sembrar ideas libertarias y diseminar doctrinas democráticas. El profesor de derecho constitucional en el Colegio-Seminario de San Carlos no era un político revolucionario, sino un formador de conciencias, un mentor de la juventud, un maestro de la filosofía del derecho.
Sin embargo, las doctrinas políticas y sociales enseñadas por el padre Varela no
podían menos de causar un impacto formidable en sus alumnos, despertando en
ellos ideales e inquietudes en relación con los problemas políticos y sociales
de Cuba y de América. ¿Cómo podían sus alumnos dejar de comprender la
injusticia e inmoralidad de la esclavitud si se les enseñaba que todos los
hombres nacen libres por voluntad divina, que la libertad es un derecho
inalienable del hombre y que quien viola la libertad ofende al mismo Dios? A la
luz de aquellas enseñanzas quedaba justificada la rebelión de los negros de
Haití que rompieron las cadenas de la esclavitud y lograron su independencia de
Francia en 1804. De la misma manera aquellas doctrinas justificaban moralmente
la independencia de México, de Santo Domingo y de los Estados Unidos de
Norteamérica. ¿Acaso no enseñaba el ilustre sacerdote su Cátedra de Constitución
que los pueblos tienen derecho a ser libres y a constituir sus propios
gobiernos?
Las enseñanzas del padre Varela no cayeron en el vacío. Sus discípulos se
encargaron de diseminar sus doctrinas políticas y sociales y pronto formaron una
pléyade de ciudadanos amantes de la libertad y defensores de los intereses de la
nación cubana. En realidad sus ideas políticas y sociales fueron la base sobre
la cual se desarrolló la evolución del proceso político y revolucionario que
culminó a fines del siglo XIX en la independencia de Cuba. Las ideas del padre
Varela pasaron por la generación de Luz y Caballero y animaron a las
generaciones siguientes que combatieron por la libertad en la manigua cubana.
En verdad, el proceso de la independencia de Cuba fue iniciado por el genial
sacerdote Félix Varela. De hecho, él fue el primero que reclamó la libertad
para los negros esclavos siendo diputado a las Cortes de la Monarquía en 1822, y
un par de años mas tarde, desde su exilio en New York, dio el grito de
independencia a través de las páginas del El Habanero. Él fue el verdadero
precursor de la independencia de Cuba.
[1]
Diario Constitucional de la Habana, 8 de
enero de 1821. El discurso inaugural del P. Varela también fue publicado en
el Observador Habanero de la misma fecha. [2] Ibidem.
[3]
Observaciones sobre la Constitución Política de la Monarquía Española,
La Habana, 1821. En 1944 la Editorial de la Universidad de La Habana
reimprimió esta obra del padre Varela con un prólogo del Dr. Rafael García
Barcena. Hay también una reimpresión reciente de las Observaciones en un
libro titulado Escritos Políticos de Félix Varela, editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, 1977.
[4] R.F.
Kameson, en su libro Letters from Havana, London, 1821, pag. 71,
dice: “Hasta los esclavos parecían felices con el restablecimiento del
sistema constitucional, como si estuvieran respirando el aire de libertad
que soplaba por doquier”. [5] Observaciones, cap. II [6] Ibidem. [7] Ibidem, cap. II [8] Ibidem, cap IV [9] Ibidem
[10]
Discurso inaugural del padre Varela, Diario Constitucional de La Habana, 8
de enero de 1821 |
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