Al cumplirse el día 14 de febrero de 1998 el primer centenario del nacimiento del Dr. Jorge Mañach y Robato, una de las figuras cumbres de la intelectualidad cubana de todos los tiempos, la Fundación Félix Varela de New York rinde homenaje a su memoria y a su obra publicando el discurso que el propio Dr. Mañach pronunciara el 17 de diciembre de 1954 en el Aula Magna de la Universidad de la Habana, ante los restos del Padre Varela, después de reafirmarse la identidad de éstos, y en presencia del entonces cardenal de Cuba, Mons. Manuel Arteaga; el rector de la universidad, Dr. Clemente Inclán,y otras personalidades de la vida docente. Ante esos mismos restos, el Papa, S.S. Juan Pablo II, pronunció su discurso en la Universidad de la Habana al mundo de la cultura, exaltando la figura del Padre Varela y su contribución al alma de la nación cubana

PRESENCIA Y EXILIO DE VARELA

"Señor Rector Magnífico:

"Señores de la Presidencia:

"Señoras y Señores:

"Después de las comprobaciones indubitables de que hemos sido informados, vuelven los restos del Padre Varela a la urna cineraria de esta Aula Magna, que con tanta reverencia como hoy los acogió hace cuarenta y dos años, cuando llegaron de su largo exilio.

"Las palabras con que contribuyo a este fervoroso acto se me han pedido a títulos de profesor de Historia de la Filosofía en nuestra Universidad. Pero la ocasión no invita tanto a recordar el pensamiento filosófico del PadreVarela, como a avivar -- con quien quita de un rescoldo las cenizas del tiempo-- el ardiente recuerdo, vivo siempre en esta casa, de lo que Varela significó en nuestra cultura. Será también oportuno sugerir qué mutaciones de orden histórico parecen simbolizadas en el atesoramiento por nuestra Universidad de esos venerandos despojos.

"La mirada retrospectiva mide con mucha dificultad cierto género de realizaciones lejanas. Suele hacerles justicia a los héroes de la acción,por lo que ésta tiene generalmente espectacular, y a veces de decisivo; pero no tanta a las formas espirituales del heroísmo, y sobre todo a aquellas que, por el momento en que se produjeron, en modo alguno podían tener más que un sentido o una eficacia preparatoria. Pero no obstante ser ése el caso del Padre Varela, no obstante haber servido él a un momento germinal de la vida cubana y haberlo servido sólo con las fuerzas del entendimiento y de la conciencia, uno de los hechos más hermosos y más nobles en la historia de nuestra cultura es la devoción profunda de que se vió rodeado en vida y con que la posterioridad le ha recordado.

"Sería agravar en ustedes esa devota memoria el evocar ahora con demasiado pormenor aquella vida insigne. Nos basta su radioso perfil. Un hombre nacido al tránsito entre dos siglos, a la época crítica en todo el mundo, que vió insurgir las demandas de la razón frente a las rutinas de la tradición; un espíritu vocado por igual a preservar las esencias de la cultura cristiana, y a abrirles paso a las exigencias del pensamiento alertadas por la experiencia. Un alma llena de fe religiosa, y, al mismo tiempo, de confianza en los poderes naturales del hombre y de afán por aplicar esos poderes al enriquecimiento y dignificación de la vida terrena, de la vida histórica.

"Urgíale a esto el amor a una tierra que era, a la vez, retraso y promesa: pedazo mínimo de un imperio dilatado, sobre el cual --paradójicamente-- según se iba poniendo el viejo sol de España, encendíanse poco a poco las luces de Europa. En aquel curioso crepúsculo fue Varela hombre desvelado. No le tentó la carrera de las armas, a que le invitaba su propio linaje. Era un alma dulce, aunque brava para cierto género de nobles peleas. Se hizo sacerdote y maestro. Dio a su vida el doble que designio de salvar almas para el más allá en que creía, y en formar inteligencias para el futuro de su tierra. Perteneció a una generación de curas hispanoamericanos --de los cuales, en efecto, hay ejemplos en casi todos nuestros países-- que sintieron la religión como lo que siempre habría pretendido ser, como catolicidad, es decir, como universalidad, y no como adhesión provinciana a ningún repertorio geográfico de ideas o de intereses. Tuvo así, desde el primer momento, condicionada su fidelidad a España: sujeta a la condición de que ella no que comprometiera ni la dignidad de los hombres por quienes tenía que velar, ni la felicidad de su isla. Fue de los primeros en pensar que esta tierra nuestra tenía su propio destino.

"Un jerarca de la Iglesia a quien los cubanos nunca podremos recordar sin profunda gratitud, el Obispo Espada y Landa, apañó aquellos bríos. Espada era también un religioso que entendía y sentía sus deberes en dimensión mayor. No pertenecía a la tradición clerical oficializada, burocratizada, acomodada a las explotaciones coloniales, sino a aquella otra de los misioneros primitivos de América y de los adoctrinadores más sabios de la Iglesia que supieron pedir justicia y dignidad para el Nuevo Mundo. ¡Qué magnífico y saludable vasco aquél, empeñado en que el servicio de su diócesis no fuese sólo rutina y telaraña, sino impulso y claridad! ¡Cómo se dejó penetrar del sentido nuevo de responsabilidad en la autoridad, del afán de ilustración y servicio que estrenaron los ministros de Carlos III y sus funcionarios americanos!

"Bajo aquel padrinazgo, Varela emprendió, profesor ya en el Seminario de San Carlos, la tarea, que le pareció inicial, de darles una nueva forma de disciplina a las jóvenes inteligencia cubanas. Pero antes, recordemos un poco lo que era aquella institución, comparándola con la nuestra, con la que entonces que se llamaba la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo. Porque entre ambas había una profunda diferencia de espíritu, no obstante haber sido fundadas a sólo cuarenta años de distancia en el tiempo.

"Ocioso sería puntualizar, puesto que tantas veces se ha hecho en este mismo recinto, las circunstancias y modalidades que rigieron nuestra fundación: el patrón inmediato de la Universidad de Santo Domingo, y el remoto de la de Alcalá; el molde escolástico de la Contra-Reforma española dentro del cual se vació esa creación; la entrega de la universidad habanera, flamante sólo por sus títulos, a una orden religiosa. Nació así esta casa nuestra bajos signos hostiles a todo criticismo. Dependiente del Real Patronato, su actitud fue de acomodo absoluto a la autoridad, no de servicio a la comunidad externa. Era de la universidad concesionaria, de privilegio. Respondía esencialmente al espíritu de la factoría. No trataba de fomentar, de cultivar los espíritus cuanto de disciplinarios para el acatamiento de intereses ya establecidos. Asociada a rangos y formalidades, la docencia tenía mucho de vacuo y paramental. A pesar de los esfuerzos de Fray Juan Chacón, del Obispo Hechevarría, del Padre Caballero, la rutina de los métodos escolástico más grotescos e inútiles --áridos residuos de aquella fuente nutricia que había sido la Escolástica medieval-- se resistió a toda reforma. La Universidad había nacido sin vocación de futuro, y por ende sin dinamismo, destinada a vivir por mucho tiempo ausentes de las demandas profundas de la conciencia criolla.

"El Seminario de San Carlos era otra cosa. Se había fundado sólo cuarenta años más tarde, en 1768. Pero ese tramo de medio siglo había sido crítico. En él se había producido, mal que bien, un injerto del espíritu occidental europeo en el añoso árbol español. Despótica y todo, la corona se había dejado seducir por la ilustración. Sobre la Iglesia misma se proyectaban las luces.

El Padre Feijóo había denunciado en la Península todo un estilo decrépito de hábitos sociales y mentales. Frente a ciertas zonas activas del clero regular, el Estado afirmaba severamente su autoridad. En 1767, los jesuítas habían sido expulsados de España y de sus reinos de Ultramar.

"Fue precisamente en el recinto habanero de ellos donde se estableció, al fundarse, el Seminario de San Carlos. El espíritu del nuevo tiempo había presidido esa fundación. Era el mismo del Papel Periódico, de la Sociedad Económica de Amigos del País, del gobernador Las Casas, del Intendente Ramírez, del Obispo Espada. Un espíritu fiel, pero crítico; religioso, pero no ya fanático; imperial, pero ya no avasallador e irresponsable. Un designio enderezado a lo útil, interesado en lo natural, proyectado hacia el porvenir. Eso es lo que daba razón de ser a la fundación del Seminario de San Carlos frente a la Universidad, en un país donde apenas había más población de importancia que La Habana, y donde ésta era todavía una aldea. El Seminario no había de ser una escuela de clérigos, sino --como diría el Obispo Hechevarría-- "un taller en que se labren hombres verdaderamente útiles" capaces de "contribuir a la felicidad de los pueblos" y de difundir las luces "que reinan por todas partes en un siglo de tanta ilustración". Tenía, pues, San Carlos un sentido servicial y no paramental de la cultura. No respondía a las prevenciones de la Contra-Reforma, sino a las previsiones de la ilustración. No contemplaba ya a la Isla como factoría, objeto de extracción y aprovechamiento rápido, sino como ámbito para fomentarla responsablemente mediante el estudio de la naturaleza y las ciencias aplicadas. Como un país, en fin, llamado a tener su propia cultura y su propia conciencia. Si la Universidad había nacido ausente de Cuba, el Seminario estaba presente en ella.

"Hombre de confianza del Obispo Espada para los menesteres de la educación, el Padre Varela fue la encarnación misma de ese nuevo espíritu. A él respondió su obra profesoral, tan breve como fecunda. Todos recordamos los cambios que emprendió y que llevó a cabo, y que fueron verdaderas proezas para su tiempo: el desahucio de la escolástica, la importación de la nueva críteriología francesa de los ideológos, la eliminación del latín como vehículo de enseñanza, la adopción del método explicativo, la concepción del alumno no como recipiendario de fórmulas raídas, como mero depósito de nociones precarias, sino como colaborador activo en la tarea del aprendizaje la impugnación del autoritarismo intelectual y del fanatismo; el afán por reorientar la conciencia y las costumbres, sobre una base de fe, sí, pero de una fe iluminada por el raciocinio.

"A esa tarea profesoral llevó el Padre Varela, además de su cultura, tal vez más orgánica que vasta, de su inteligencia clarísima y de su palabra poderosamente persuasiva, un fervor de doble sacerdocio y una simpatía seductora, que dejaron profunda huella en sus discípulos. De ello dan fe los testimonios que éstos nos dejaron y la nostalgia con que, muchos años después de cesar aquella actividad, se siguió recordando en Cuba al maestro incomparable ¡Qué hermosa, señores, esa gratitud como filial que recoge siempre en el alma de la juventud el esfuerzo de un maestro genuino, uno de esos maestros que saben sacrificar la brillantez o el personal lucimiento a la seguridad de una penetración eficaz, de una sensibilización fecunda! ¡Y qué gran suerte para Cuba, a través del siglo XIX, se le dieran, si no con abundancia, al menos como una sorprendente continuidad histórica, mentores de ese linaje: un Varela, un Luz y Caballero, un Mendive, para mencionar sólo a aquellos que parecieron respectivamente encargados de educar para la Patria a las tres generaciones decisivas de su destino!

"Pero don Félix Varela estaba llamado a una siembra más pública, ya que no tan fecunda: la tarea política. Creo que fue Emerson, o tal vez Carlyle, quien dijo que cuando Dios suelta un pensador en el planeta, todas las cosas --es decir todos los intereses creados-- entran en peligro. Peligro, entiende, desde el punto de vista de lo rutinario y exhausto. Celebramos muy a menudo las ideas con que el Padre Varela renovó la enseñanza y le abrió cauce en Cuba al esfuerzo filosófico. Pero no solemos reparar tanto en la conexión profunda que existía entre esas ideas, al parecer inocentes de toda trascendencia política, y el cambio de talante que se fue produciendo hacia la Metrópoli en la opinión criolla y del cual el Padre Varela mismo fue el más audaz formulador.

"Todo aquel criticismo suyo, toda aquella resistencia a aceptar, como norma del pensamiento, el peso bruto de la mera autoridad, es decir, de lo tradicional por el sólo hecho de ser tradicional: todo aquel sentir con Deslandes, cuyo pensamiento tomaba como lema en el pórtico mismo de su Miscelánea Filosófica, que "es preciso buscar las primeras ideas de lo verdadero y de lo bello, no en sus libros (en los libros de los antiguos) y en sus tratados, sino en la naturaleza" no significaba, desde luego, otra cosa que la denuncia del absolutismo intelectual. De eso a la protesta contra el absolutismo político no había más que un paso. Aquello era ya, en efecto, el germen del espíritu liberal.

"Nada tiene, pues, de extraño que cuando las ideas revolucionarias penetraron en España por la brecha misma que abrieron las bayonetas napoleónicas, fuese el propio Padre Varela el encargado por el Obispo Espada de profesar en el Seminario la cátedra de Constitución. El constitucionalismo era el freno liberal al autoritarismo; la sujeción del poder político a responsabilidad social. Su enseñanza en Cuba significó el primer gesto de adopción de las ideas, alentadas por la Revolución Francesa, que andando ya muy pocos años más, vendría a nutrir y autorizar el anhelo criollo de independencia.

"Un poco después de aquel curso ilusionado, Varela se vería diputado a las Cortes, hablaría allí de su isla como de su patria propia, sometería a aquella memorable asamblea un proyecto de régimen autonómico para la colonia, pediría la abolición de la esclavitud; proyectaría, en fin, un pensamiento político y social que, sin duda, no se veía aún compartido por lo más representativo de la conciencia criolla, que carecía de esa forma de acomodo a las circunstancias que a veces llaman realismo, pero que estaba transido de previsión, como suele estarlo el pensamiento histórico del hombre hecho a la vida de las ideas.

"Ya sabemos lo que pasó. La conjura de fuerzas internacionales retardatarias, que frustró, para España y para Cuba, aquella asamblea. Fernando VII, más amante del poder absoluto que de una patria libre, puso su felonía al amparo de aquella conjura externa. Armas extranjeras desbandaron a la asamblea del pueblo. El liberalismo perdió en España su primera batalla, y bajo los vítores estultos a las cadenas, volvió el absolutismo a sentar sus reales y su realeza. Condenado a muerte, como todos los hombres de Cádiz, don Félix Varela tuvo que emigrar a los Estados Unidos.

"Nunca más volvería a pisar la Isla a la cual había dado sus desvelos. En las colonias, el absolutismo es siempre más feroz que en su propia sede. Pero mientras Cuba vivía sus satrapías negreras, de alguna manera pudo seguir oyendo la voz --leyendo la palabra-- de aquel que la había "enseñado a pensar". Desde Filadelfia, mandaba Varela a la isla, donde circulaban clandestinamente ejemplares de El Habanero, la pequeña revista en que aun se desvivía por orientar a las conciencias. Fueron aquellas páginas vehículos del primer dictamen separatista cubano, cuando todavía Heredia ensayaba su verso rebelde. En el exilio político --que Varela estrenó en nuestra historia-- cobraba todo su aliento histórico el brío renovador de las aulas de San Carlos.

"Tal había de ser, por más de medio siglo, las suertes de Cuba. Sus voces más enteras tenían que llegarle de fuera. La opresión sofocaba. Para pensar claro y sentir hondo, había que irse. Esa es una de las tragedias que significa para un país la falta de libertad --que ausenta las conciencias. Ausenta, no sólo a las que se van fuera, sino también a las que se quedan. Estas le piden permiso, antes de hablar, al interés o a la cautela. Disimulan su convicción, la retuercen, la mutilan. Acógense la voluntades a la línea de menor resistencia. Los hombres tenidos por señeros se humillan. Las instituciones se desvitalizan. La prensa habla con sordina, cuando no con menos ruidos de lisonja y taquilla. Una densa atmósfera servil lo llena todo, y hasta las voluntades más enteras, las conciencias más puras, se desganan de la proeza.

"Es verdad que por debajo de esa atmósfera difícilmente respirable, en las cavidades más profundas del alma colectiva, en los estratos más alejados de lo oficial, se le conserva y hasta se le acumula a un pueblo su fuerza para las reivindicaciones futuras. Es cierto que hay también un heroísmo de la presencia en esas épocas sombrías: un saber hablar entre dientes, para que el borbotón de ira no se escape inútilmente; un saber negarse a la trama de las lisonjas y de las complicidades; un tomar actitudes cuando son imposibles los actos. Pero los pueblos necesitan, además de esa energía profunda, la inteligencia libre que les señale modos y cauces para emplearla. Durante casi todo nuestro siglo XIX, esa orientación tuvo que venirnos desde fuera. Con levadura de nostalgias se fue amasando, desde el destierro, la voluntad nacional cubana. No en los pronunciamientos difíciles y escasos dentro de la Isla, sino en los papeles y voces del exilio, en la previsión de Varela y de Saco, en el verso de Heredia y de Palma, en el fuero de Martí y la luz plenaria de Varona, se fue templando el alma cubana para la libertad. Y fueron las cartas, entre ellos y los patriotas callados de la isla, las que primero tramaron la red de conciencias con que había de alzarse nuestro destino.

"Desde fuera, Varela siguió por muchos años velando por él. Cuando desistió de la exhortación política, que acaso juzgó inviable por prematura, volvió a la otra faena de su vida, la de edificación moral. Y para la juventud cubana escribió aquellas memorables Cartas a Elpidio, que trataban de conservarle a su pueblo la fe sin ceguera, la convicción sin intolerancia, la caridad sin hipocresía, la dignidad sin egoísmo. Mientras él mismo acumulaba honores y autoridad en tierra extraña, le pareció que la suya le olvidaba, por la resonancia escasa que aquel mensaje había tenido. Llegó a creer que había sido vano todo su esfuerzo de edificación. No se percató de que veces todos los pueblos parecen sordos, solamente porque la opresión no les deja vibrar. Olvidó, en su humildad, que él sí había construido, pero sólo como construye siempre el pensamiento --en el aire.

"Apenas llegaron a Cuba las noticias de su salud quebrantada en el retiro floridano de San Agustín, todos los viejos fervores discipulares se movilizaron silenciosamente para asistirle en su vejez gloriosa. Pero ya le había llegado la hora del destierro total. Cuando murió, el 18 de febrero de 1853, le amortajó el cariño de un pueblo extraño al que había sabido también servir con su virtud activa. En la isla se le rindió el tributo a media voz de los pueblos oprimidos. Un cubano que acudió al duelo en San Agustín escribía: "Hubiera querido llevarme a La Habana estas preciosas reliquias, para que el sepulcro de Varela esté al lado de su cuna, para que los cubanos las guarden con el respeto y veneración que se debe, para que tengan el consuelo de poseer el cuerpo de su maestro y amigo, que no pudo pasar entre ellos los últimos treinta años de su vida, para que sus cenizas estén con las de sus ilustres y malogrados discípulos Escobedo, Govantes, Bermúdez y otros, y para que los cubanos puedan decir a sus hijos y nietos: "Aquí está el hombre más amoroso de todos los hombres, el maestro más querido de los habaneros, el católico más sufrido y fervoroso, el filósofo cubano, el Padre Varela. Pero mi deseo desagrada, según he comprendido, a muchos de esta población que lo amaban tiernamente, y sé que llevarme por ahora estos restos apreciables, causaría un profundo dolor a los amigos que aún le lloran..."

"Y así fue, señoras y señores, como se quedaron en tierra extraña los restos del Padre Varela, sin que volvieran a Cuba hasta más de medio siglo después. Volvieron cuando ya nuestra tierra era enteramente digna de ellos, cuando ya nuestro pueblo había podido emprender, aunque con el paso vacilante de toda infancia, el camino de la nación que Varela había sido el primero en trazarle. Sólo entonces pudo nuestra Universidad reclamar con cabal derecho el atesoramiento de aquellas cenizas. Porque ya no era la Universidad conformista que se había enfrentado, celosa y esquiva, al criticismo fecundo de San Carlos. Ya no era la Universidad reticente, disimuladora, obsequiosa de la autoridad, que fue al menos en sus actitudes más oficiales, a lo largo de casi todo el siglo XIX. No era, en fin, la Universidad forzada a mantenerse ausente de la gran tarea cubana, y en cuyo ámbito sólo se había podido escuchar la fresca voz de idealismo patrio de un Ignacio Agramonte, o los dejos de la tragedia del 71. Era la Universidad de la Independencia, la Universidad que había empezado a descolonizarse y a desburocratizarse, a situarse por encima de los intereses creados, y sobre todo por encima de los intereses, a veces muy bastardos, que la autoridad pública crea o sostiene.

"Esa fue, digo, la Universidad que ya tenía cierto derecho para reclamar, en 1911, los huesos del Padre Varela; la que ya podía darles marco condigno. Desde entonces, Varela está profesando aquí con su espíritu; sigue modulando nuestra Alma Máter, haciéndola de veras alma, es decir, vivificante y nutricia. Ese espíritu se ha hecho patente en todos los momentos difíciles de nuestra vida republicana. La Universidad ha querido y quiere mantenerse siempre crítica, inconforme, llena de limpia rebeldía en los jóvenes, vigilante y advertidora en sus actitudes rectorales y claustrales. Para poder mantener esa conducta, y no sólo para regular libremente su administración y sus planes de estudio, es para lo que esencialmente quiso su autonomía. Sacando las cosas de quicio, se dice a veces que la Universidad pretende ser "un Estado dentro del Estado". No: lo que quiere es que haya un Estado verdadero, que ese Estado sea un fiel reflejo de la voluntad nacional, que la nación acabe de integrarse a tono con la imagen de ella que esbozó Varela y que se fue perfilando durante el siglo pasado en las miradas de los que, desterrados o no, no estuvieron ausentes del destino cubano.

"Porque estamos respondiendo a ese espíritu, porque tenemos la certidumbre de que, en la medida en que nos lo permiten las circunstancias que nos rodean y las limitaciones que nos lo imponen, estamos sirviendo los anhelos de patria, de civilización, de libertad y de justicia, al mismo tiempo que a los más altos afanes de la cultura --por eso somos dignos depositarios de los restos del Padre Varela, y con una devoción profunda de hijos los devolvemos en la mañana de hoy a su urna en el Aula Magna de nuestra amada Alma Máter."

(Aula Magna de la Universidad de La Habana,

17 de diciembre de l954) 

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